Crisis europea y globalización

Montserrat Galcerán
Periódico Diagonal

Ilustración: Isa

La prensa hegemónica estadounidense juzga la crisis europea más como una crisis europea que como una crisis del capitalismo global. Por ello está pidiendo dos cosas: un liderazgo europeo fuerte para imponer las medidas que a su juicio son necesarias y salvar el euro. Entienden que su debilitamiento provocaría un profundo desastre en la zona euro y, por extensión, en el resto de la economía global.

A su juicio expulsar del euro a algunos países –Grecia el primero pero tal vez también a otros, incluida España– es una mala salida.

También lo es romper la zona euro creando un espacio europeo reforzado en torno a Alemania con una nueva moneda. Cualquiera de las dos medidas es a cual peor: la primera provocaría una huida masiva de capitales de los países expulsados, devaluaría sus monedas y rompería la Unión. La segunda revalorizaría la moneda de la zona fuerte y devaluaría la de la zona débil, por lo que encarecería las exportaciones y sería perjudicial para la propia Alemania. En cualquier caso la Unión europea se rompería, incapaz de que los diferentes países actuaran unidos una vez que su moneda, que es el mayor vínculo de unidad, hubiera desaparecido.

Esta prensa, como The Economist, sostiene que la austeridad tampoco es una buena medida pero lo hace por razones puramente economicistas –porque amenaza con provocar una fuerte depresión que puede extenderse a nivel internacional–, pero no introduce cuestiones políticas y sociales que tengan en cuenta el bienestar de la población.

La crisis europea no la ha producido un consumo desmedido ni un gasto extraordinario de los sistemas de bienestar social. La crisis tiene causas económicas estructurales y de conducta, es decir se compone de un entresijo de dinámicas estructurales y de conductas masivas encajadas en ellas. Entre las primeras cabe destacar las consecuencias de la globalización, entre las segundas unos hábitos de consumo resultado de una política financiera de oferta masiva de crédito en un marco de rebaja continuada de los salarios.

La globalización de los mercados, tanto de los mercados de capitales como de mano de obra y de mercancías, está haciendo más difícil relanzar el ciclo de acumulación dado que gran parte de la producción de bienes se concentra en los países emergentes.

El capitalismo europeo está dominado por la hegemonía del capital financiero, sin que la creación de nuevos puestos de trabajo ligados al sector informacional y/o logístico compense la destrucción de los puestos ligados a la producción tradicional. Esto afecta a los trabajadores y a una parte de los empresa- rios, pero no a los inversores. El capital financiero como tal no está en crisis –no hay crisis en Suiza– y ésta es menor en Gran Bretaña que en España. En el marco de la Unión los países fuertes como Alemania o incluso Reino Unido tienen exceso y no falta de efectivo. La crisis es pues una forma de trasladar sobre la población, y sólo sobre una parte de ella, las dificultades del capital europeo para rentabilizarse a nivel global.

De ahí la importancia del tema del euro. A pesar de la debilidad interna de algunos de sus miembros, la fuerza del capitalismo financiero europeo se refleja en la posición del euro a nivel mundial. La disonancia podría expresarse diciendo que Europa tiene una moneda fuerte –dado el lugar que ocupa en la economía glo- bal– por lo que su moneda es moneda internacional de pago, pero al tiempo su productividad es baja, cosa que se agrava en las economías periféricas que forman parte del mismo. Estas economías se benefician de una moneda fuerte aunque tengan importantes debilidades productivas, por lo que la propia disonancia favorece el aumento de la deuda.

Se tiende a importar el modelo norteamericano: un fuerte consumo apoyado en el endeudamiento, el cual es mantenido por la posición ocupada por EE UU en el capitalismo global, lo que a su vez permite que la deuda no revierta en debilidad económica para el propio país.

El problema es que este modelo no es posible para los países débiles de una zona fuerte. En el capitalismo globalizado la fortaleza o debilidad económica tiene más que ver con el lugar que se ocupa en el ámbito internacional que con las condiciones internas. El euro fue el proyecto de aprovechar la ventaja global del capital europeo en beneficio de las capas prestatarias ricas, pero su fuerza relativa complica aún más las cosas para aquellos países en los que, como en nuestro caso, la fortaleza de la moneda no se corresponde con la fortaleza productiva del país. Ocurre algo parecido a lo que ocurrió con la dolarización de las economías latinoamericanas: tener un dólar fuerte en una economía pobre los endeudaba todavía más.

La austeridad tampoco ayuda: recortar los gastos sociales endurece las condiciones de vida de la población, reduce las oportunidades de trabajo y empleo y no genera recursos. Si es la opción preferida por los gobiernos es porque es la más fácil en el marco nacional y la que menos resistencia comporta por parte de los sectores más poderosos económica y políticamente. Pero por lo mismo la mejor reacción contra ella será aumentar la resistencia de tal modo que implementar estas políticas se haga imposible para los gobernantes.

Los columnistas de los medios hegemónicos estadounidenses interpretan la situación como “falta de confianza” y sugieren que la solución está en un liderazgo fuerte para la Unión Europea.Especulan con tal vez Hollande, tal vez con el Gobierno que surja tras las elecciones alemanas en 2013. Por mi parte soy muy escéptica ante esta solución. Un liderazgo fuerte tal vez dé confianza a los mercados, pero a costa de silenciar a la población, y puede ser proclive a derivas fascistas o neofascistas que se nutran de las reservas de xenofobia y de miedo y que apelen a soluciones autoritarias impuestas desde marcos nacionales o europeos.

No creo que por ahí pueda venir ningún beneficio, pues reforzará todavía más los mecanismos de extorsión financiera que nos han llevado hasta aquí. La alternativa tiene que venir de otro lado: de analizar esta crisis como la primera gran crisis del capitalismo global. Las cuestiones que nos importan son otras: cómo crear una Europa en que primen las necesidades sociales, cómo abrir un proceso constituyente en primer lugar a escala nacional, cómo abordar un proceso de transformación social desde abajo en los bordes del convulso capitalismo, cómo organizarnos masivamente para las luchas inminentes de este siglo. Lo importante es construir la Europa social y no salvar el capital financiero europeo.

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