El “factor gas” en la crisis siria


Nazanin Armanian
Público

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Si EEUU y sus aliados occidentales todavía no han atacado Siria –al estilo de Libia- y van con cuidado, no es que el país carezca de importantes reservas de hidrocarburos o que unos informes recientes culpen a la OTAN de la matanza de civiles libios, sino, principalmente, porque está ubicado en Asia, zona de influencia rusa-china. De momento, Occidente prefiere actuar a través de la ambiciosa Turquía, ese miembro musulmán-moderado de la Alianza, usando el dinero de Arabia Saudí para pagar a los rebeldes y mercenarios y el rostro presentable de la dictadura medieval de Catar.

La injerencia en los asuntos internos de Siria y el derrocamiento del régimen de Assad, además de formar parte del plan del ataque a Irán –segunda reserva mundial de gas y petróleo-, se debe a que este país árabe-kurdo también posee importantes bolsas de gas (el combustible del siglo XXI, bueno, barato, limpio, accesible y abundante) y puede convertirse en una ruta imprescindible de conductos que lo transporten hasta el Mediterráneo.

Mientras la francesa Total anuncia que busca gas en Libia y Egipto (ahora que sus “Primaveras” ya están secuestradas) y se prepara para hurgar en las tierras y aguas sirias, varios billones de metros cúbicos de gas localizados en las costas de este país han provocado una disputa entre Israel, que reclama su totalidad, y Líbano, que acusa al Estado judío de extraer lo que considera su parte. La guerra por este yacimiento empezó en 1990 cuando British Gas (BG) descubrió grandes reservas en las aguas de la Franja de Gaza, entonces bajo la soberanía de la Autoridad palestina. En el año 2000, acosado por la oposición y por Israel, Yasser Arafat firmó con BG y sus socios un acuerdo de extracción para los 25 años siguientes.

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