Tamer Sarkis Fernández *
Sleepwalkings
La denominada “producción barata” se ha convertido con rapidez en sobado tópico televisivo y mediático. Financieros, monopolios comerciales, la Patronal de las PYMES, periodistas de diverso tinte, ONGs, partidos políticos pequeño-burgueses en campaña de cosecha entre tenderos… Todos estos especímenes pretenden pontificar ante los proletarios sub-mileuristas, mostrándoles a quién les está éticamente permitido comprar o dónde no deberían entrar a hacer uso de su salario, si es que quieren comportarse como Well Educated Citizens europeos.
Los intereses de clase y sus sermones hacen pasar nada menos que por “responsabilidad cívica” el comprar por 20 aquello que podemos (y necesitamos) comprar por 2.
El “honrado españolito” habría caído víctima de desleales competidores, fríos impagadores de impuestos, calculísticos reventadores de precios que pueden cometer el abuso gracias a una sádica orgía productiva previamente celebrada, al empleo de malos materiales y a la baja calidad de los procesos de trabajo. Una plaga de hormigas que mal-producen cutrerío…, y “así cualquiera”.
Pero la realidad es, en cambio, que “de todo hay en la viña del Señor”, y “barato chino” no suele significar de mala calidad (o de peor calidad), tal y como demostraré más adelante recurriendo a un concepto marxista: productividad del trabajo.
Los mensajes son nada inocentemente emitidos, llevando a prejuzgar los precios bajos como si estos fueran resultado -sin desdibujar la etiqueta “made in China, mal producto”- de esclavitud promovida por capitalistas fuera de control (el Oriental, el salvaje, el Peligro Amarillo, el no-demócrata, el incivilizado todavía, el chino rojo, el viet…).





El manifiesto programado que expresó el presidente de EE.UU, Barack Obama, en el Parlamento australiano el 17 de noviembre y sus declaraciones el 5 de enero, dejan claro para todos que Washington ha trazado una nueva estrategia en su política exterior.

