
Julián Ferraro
Nación.cl
Los computadores repletan nuestras oficinas cual esclavos, resoplando el cansancio de su labor a través de las hélices que ventilan sus procesadores.
Millones de seres humanos sostienen la vista en el brillo eléctrico de las pantallas mientras teclean. Algunos trabajan, otros se distraen en Facebook o Twitter. En los bolsillos de una aplastante mayoría de chilenos (incluyendo mendigos), aúllan los ringtones de sus dispositivos móviles conectados al mail.
El despertar de esta década está marcado por un cambio radical en nuestro estilo de vida: La omnipresencia de las comunicaciones digitales.
Esa información que creemos protegida, o peor aún, el estado de dependencia que tenemos hacia los aparatos, nos hace vulnerables a quienes poseen conocimientos más allá del usuario promedio. Los gobiernos y las generaciones que no nacieron con un teclado entre las manos se acercan progresivamente a la tecnología debido al boom de las redes sociales, que cada día les facilitan el compartir información, hacer transacciones y organizarse. Al otro lado de la pantalla, alguien sonríe. Es quien tiene el poder de aprovecharse de la falta de información y arruinarlos con tal de cumplir su agenda.